Sin vuestro hierro caería la noche

(English Below)

Una retícula se despliega sobre la realidad. Se extiende hasta las fronteras de nuestros dominios, los límites de lo cognoscible; sobre ella acumulamos innumerables notas al pie: latitudes, longitudes, apuntes, morfologías. Se piensa que si partimos de una realidad salvaje que es inasumible, quizás es posible dividirla en fragmentos o segregarla bajo estratos razonables al entendimiento para, una vez dominadas, reunir todas esas partes bajo un epígrafe al que llamamos todo. De esta manera habríamos domesticado el mundo.

Bajo este ambiente doméstico nos es favorable el lujo de pensar en términos históricos y para eso nos ayudamos de los objetos que rescatamos caprichosamente de las fauces de la naturaleza; estos enseguida son también comprometidos por el tamiz de la ciencia. Inscribimos nuestra epopeya en su superficie. Tras una breve periodo de aseo los objetos se encuentran listos para el disfrute de las generaciones que los poseerán en sus museos nacionales, que funcionan como el laboratorio abierto de la historia donde las narrativas espontáneas juegan a desafiar a las científicas, reteniendo a los objetos bajo sus propias condiciones de seguridad mientras se ocupan de su integridad moral y material. Para llegar a este punto despliegan toda una tutela didáctica que se preocupa por el correcto entendimiento del visitante con el deseo de que éste vuelva a religarse afectivamente en su cultura y contexto social más inmediatos.

Así los objetos de la historia cruzan los abismos del tiempo y se nos presentan extraños, con una falsa luz que no es capaz de disimular su opacidad absoluta. Cuanto más brillo, más angustiante es la distancia que nos separa de su verdadera naturaleza, que sabemos de sobra que no nos pertenece. Objetos rituales, reliquias oscuras o utensilios cotidianos que creemos sagrados; todo queda confundido bajo las tinieblas del tiempo. Un tiempo monstruoso.

Pero mientras la técnica continúa ejerciendo su férrea disciplina sobre los objetos aún es posible buscar con atención un momento en el que todas las retículas y sus agregados se desprenden y caen, encontrándonos con otra realidad mucho más arcaica y desasosegante. Como un perro manchado de barro se agita con vigor y arroja en todas direcciones la suciedad que le estorba, sin ninguna consideración hacia el desastre causado si alguien pasó cerca.


A grid is displayed over reality. It extends to the frontiers of our domains, the limits of the cognoscible. On it we accumulate innumerable footnotes: latitudes, longitudes, notes, morphologies. It is thought that if we start from a wild reality that is inaccessible, perhaps it is possible to divide it into fragments or segregate it under reasonable layers to the understanding in order to, once dominated, gather all those parts under a heading that we call everything. In this way we would have domesticated the world.

In this domestic environment, we have the luxury of thinking in historical terms, and for that we help ourselves from the objects that we rescue capriciously from the jaws of nature; these are also immediately compromised by the sieve of science. We inscribe our epic on its surface. After a brief period of cleaning, the objects are ready to be enjoyed by the generations that will possess them in their national museums, which function as the open laboratory of history. There, spontaneous narratives challenge the scientist ones. Those museums retain the objects under their own conditions of security while taking care of their moral and material integrity. To reach this point, they deploy a whole didactic tutelage that is concerned with the correct understanding of the visitor, wishing it to establish an affective relationship with its more immediate culture and social context.

In this way, the objects of history cross the abysses of time and are presented to us in a strange way, with a false light that is not capable of concealing their absolute opacity. The brighter it is, the more distressing is the distance that separates us from its true nature, which we know very well does not belong to us. Ritual objects, dark relics or everyday utensils that we believe to be sacred; everything is confused under the darkness of time. A monstrous time.

But while the technique continues to exercise its iron discipline on the objects it is still possible to look carefully for a moment in which all the grids detach and fall, there we find another reality much more archaic and uneasy. Like a dog stained with mud, it shakes vigorously and throws in all directions the dirt that is in its way, without any consideration for the disaster caused if someone passed by.